dilluns, 9 / novembre / 2009

Wadada Leo Smith: “Solamente existe el momento”

(entrevista publicada en el número 115 de Cuadernos de Jazz)

A sus 67 años, Wadada Leo Smith vive una segunda juventud. Trompetista, compositor, improvisador, miembro del AACM, artista multidisciplinar y educador, llegará por vez primera en España este otoño, al frente de su renovado Golden Quartet, y con un nuevo disco bajo el brazo, el CD doble Spiritual Dimensions (Cuneiform Rune), el primer trabajo en el que aparece su nueva formación, el noneto Organic Resonance. Activista cultural y social —no en vano, una de sus composiciones lleva un título elocuente: “Rosa Parks”—, Smith divide en la actualidad su tiempo entre los escenarios y las aulas del California Institute of Arts. Horas antes de su concierto en el festival de Santa Anna Arressi, donde también debutaba, tuvimos ocasión de hablar con él de política —“lo más sorprendente no es que el presidente de Estados Unidos sea negro, sino que un número suficiente de personas hayan decidido votarlo para cambiar el rumbo del país”—, de su trayectoria y del ankhrasmation, el lenguaje musical que inventó hace casi 30 años.

Ferran Esteve

Repasando su trayectoria, hay tres pilares que se me antojan fundamentales a la hora de entender quién es Wadada Leo Smith y su carrera. Estos tres pilares son el compromiso, la noción de arte y la política. ¿Cómo han influido esos tres elementos en su producción?
Siempre he creído en un determinado concepto del ser humano como ser universal. Es un concepto antiquísimo y que encontramos en la obra de prácticamente todos los grandes artistas. Está en Picasso, en Miles, en Ellington... Tomemos a Duke Ellington, por ejemplo: en sus composiciones no sólo intentó retratar la vertiente social de Estados Unidos y dirimir qué lugar ocupaba él en aquel entorno, sino también plasmar ese concepto del ser humano como entidad verdaderamente universal. Reconozco que esta es una de las ideas que más me han obsesionado desde siempre, tal vez porque nací en Mississippi y ahí era importante entender claramente a qué te ibas a enfrentar en cuanto salieras a la calle. Y lo que está ahí afuera es el Otro, algo que es distinto a ti y que te transforma. Cuando sales, ya no eres la persona que eras cuando estabas dentro, y eso te obliga a tomar decisiones y a adaptarte al entorno. Es aquí donde entra en juego la política: estamos acostumbrados a pensar que la política es algo que ya nos viene dado, pero no es así. Esa es la manera habitual de hacer política, pero la verdadera manera de hacer política pasa porque seamos nosotros mismos quienes intentemos encontrar nuestro lugar en el espectro social. Si nos fijamos en la tradición afroamericana en Estados Unidos, los afroamericanos llegaron a una sociedad en la que eran vistos como el Otro, algo que no ha cambiado en todos estos años. Aun así, fueron capaces de dar una serie de pasos en el terreno de la política para reafirmarse como pueblo. Y otro tanto podríamos decir de la música, del arte… Nunca dijimos que había que llamar “jazz” a la música que hacíamos, ni que era una música de los negros. Simplemente aspirábamos a hacer algo, a crear… Con el tiempo muchos artistas se han visto en la obligación de forjarse una identidad, como les ha sucedido por ejemplo a los músicos europeos que practican la improvisación libre, pero eso es algo que nunca les ha pasado a los músicos de jazz, porque su propósito inicial era hacer arte, crear algo que tuviera un significado especial para ellos. Esa música era una manera de situarse en el mundo, de significarse políticamente haciendo algo que les pertenecía y que no les venía impuesto.

Sea como fuere, en su propia biografía —el hecho de ser un afroamericano nacido en Mississippi en los años cuarenta— es difícil obviar que existía un elemento externo que le obligaba a tomar partido.
Es cierto, existía un condicionante externo que sigue estando presente en la actualidad porque, allá donde vaya en Estados Unidos, si hay una mujer blanca en la acera de enfrente y yo cruzo la calle para andar por ahí, su primera reacción será aferrarse al bolso. Sin ir más lejos, algo por el estilo me ocurrió hace dos días en Leipzig: yo estaba paseando y una mujer que estaba delante de mí no dejaba de volverse y cogía el bolso con fuerza. Ese elemento externo existe, es un factor estructural que en cierto sentido me limita y que probablemente no desaparezca jamás, pero todo esto también tiene una lectura positiva: puedo doblegar ese factor de tal modo que deje de ser algo que me inhiba, tanto desde un punto de vista individual como artístico, porque aunque la sociedad pueda querer mantener la situación tal cual, yo puedo trabajar para que mantener el statu quo le resulte muy y muy costoso a la sociedad. No olvidemos que, en última instancia, nada de todo esto fue un obstáculo para Louis Armstrong o para Duke Ellington, que tuvieron que enfrentarse a estas mismas contradicciones.

¿Y a qué conclusión se llega cuando uno se ve obligado a abordar estas contradicciones?
Descubres que la creación artística habla, en el fondo, de la vida. El arte no es vida, sino que trata de la vida, y es muy importante que esto quede muy claro porque muchos artistas han llegado a pensar que el arte era la vida y no es cierto: el arte es un reflejo de la vida y nos permite arrojar algo de luz sobre la época en la que vivimos, pero eso es todo.

De hecho, el arte nace porque alguien lo crea…
… O porque alguien decide no crear. Las personas hemos creado obras de arte cuando podríamos haber optado por otra forma de expresión que podríamos haber bautizado de otro modo y que habría tenido unas características totalmente distintas. Los objetos artísticos que creamos, ya sean objetos físicos, materiales sonoros o cualquier otra producción, no son sino una manera más de referirnos a algún hecho concreto de nuestra vida.

Hablaba antes a la necesidad de desinhibirse para enfrentarse a los condicionantes externos, y supongo que su paso por la AACM (Association for the Advancement of Creative Musicians [Asociación para el Fomento de los Músicos Creativos]) fue fundamental en este sentido. ¿Qué supuso para usted ingresar en ese colectivo?
Fue algo muy importante. Una de las principales enseñanzas de aquel periodo fue que tanto el individuo como el colectivo son importantes, y que ni el individuo debe eclipsar al colectivo ni viceversa. Bien mirado, esta es una idea profundamente democrática, pues uno y otro están constantemente interrelacionados, y la solución a los problemas de uno de ellos puede estar en el otro elemento de esa ecuación. Aunque la AACM sabía que en ocasiones uno u otro dominaban, tenía mecanismos para equilibrar la situación. ¿Cómo se articulaba, desde un punto de vista artístico, el individuo en el seno de la AACM? Por ejemplo, una de las cosas a las que estaban obligados los nuevos miembros era a tocar en solitario, y no sólo durante los conciertos de los conjuntos —llegaba un momento en el que el resto de músicos se marchaban del escenario y te dejaban solo, y no regresaban hasta que no consideraban que habías demostrado tu carácter único sobre el escenario—: todos los músicos de la AACM tenían que dar, tarde o temprano, un concierto en solitario, tocaran el instrumento que tocaran. La AACM también daba mucha importancia a la composición: todo el mundo tenía la oportunidad de componer, porque nos veíamos a nosotros mismos como compositores —la persona que escribe música—, improvisadores —la persona que crea música de un modo espontáneo— e intérpretes —aquel que interpreta la música de otro—. De hecho, los miembros de la AACM tocábamos siempre nuestras composiciones, porque esta era la filosofía de aquel colectivo, buscar aquello que fuera a la vez original y auténtico.

Hay dos cosas que resultan sorprendentes del funcionamiento de la AACM: la primera es esta idea de no primar al individuo en detrimento del colectivo, especialmente en un país que siempre ha ensalzado al individuo y ha denostado al colectivo. La segunda es la decisión de bautizar su música como “creativa” en lugar de buscar cobijo debajo del paraguas del jazz.
Tal vez el segundo aspecto sea mucho más importante. De hecho, algunos músicos, y yo me incluyo entre ellos, nunca hemos usado la palabra “jazz”, sino que siempre hemos hablado de “música creativa”.

¿Y cómo explicaría la diferencia entre el jazz y la música creativa?
En 1970, hace ya 39 años, escribí el primer libro en el que se habla de “música creativa”. Debo decir, ante todo, que en la música creativa se combinan la composición y la improvisación, pero lo que define si una pieza es creativa o no es la relación entre unos fragmentos y otros. Si el fragmento compuesto es menor que el improvisado, estamos ante una improvisación. Si, por el contrario, el fragmento compuesto es mayor que el improvisado, nos encontramos ante una composición. Para mí, la “música creativa” es música hecha espontáneamente por un individuo o un conjunto y hecha en el presente. Es espontánea cuando, en un momento de inspiración, la música fluye hasta que ese hilo, esa frase o ese discurso se agotan, y es creativa cuando el porcentaje de repeticiones en la pieza no alcanza el 50%.

¿A qué se refiere cuando habla de repeticiones?
Una repetición es información que ya conoces y que, por lo tanto, es redundante. Si una persona entra en una habitación y grita: “Hay un incendio ahí afuera”, todo el mundo saldrá a ver qué sucede. Nos encontramos ante una situación creativa. Si, al cabo de 10 minutos, regresa y vuelve a exclamar que hay un incendio, puede que alguien salga, pero ya no lo hará todo el mundo. Esta segunda afirmación mina el carácter creativo de la declaración porque hay un cierto grado de repetición. Si dice por tercera vez que hay un incendio, nadie saldrá, porque el grado de repetición en sus palabras será del 100%. Del mismo modo, un solo creativo es un solo en el que las ideas nuevas en construcción suponen, como mínimo, el 51% del total del solo, un solo en el que el solista no sólo ha sido capaz de dar rienda suelta a lo que realmente lleva dentro sino también de olvidar al instante lo que acaba de hacer para evitar así repetirse.

Posiblemente, las repeticiones supongan un problema mayor si cabe por cuanto vivimos en un mundo en el que todo lo que aprendemos nace de la tradición y en el que no dejan de insistirnos en la importancia del pasado, de esa tradición, en cualquier nueva intervención.
Sí, y eso es algo a lo que me opongo. Para mí, la tradición no es importante. La tradición se ha convertido en aquella parte de la creatividad que tuvo éxito, pero no es necesario cargar a todas horas con ella. Hay quien dice que, antes de tocar música libre, has de haber aprendido a tocar sobre cambios. Tengo 67 años y nunca he tocado sobre cambios, y no creo que nadie pueda negar que lo que yo hago es música creativa. Todo lo que ha sucedido en el pasado es historia, y la memoria también lo es. Lo que distingue al artista creativo es que se resiste a llevar en su equipaje esa memoria, se esfuerza por dejar todo eso atrás porque lo que haga cuando consiga llevar a cabo con éxito una travesía creativa también se convertirá en historia inmediatamente después de que haya acabado el solo. Por eso mismo, diferencio entre la realidad que conocemos, la “historia”, y la realidad que no conocemos, que es lo que la gente ha bautizado como “el futuro”, pero lo cierto es que el futuro no existe. Solamente existe el momento. El futuro es una cualidad potencial, pero no existe como tal.

Supongo que debe de ser complicado hacer que sus estudiantes entiendan estos postulados, esta concepción temporal en la que sólo hay dos dimensiones, el pasado y el presente.
Es muy difícil, pero sé que estoy en lo cierto y no me canso de repetirlo, y de vez en cuando hay quien entiende lo suficiente para darse cuenta de que no estoy loco. Pero, a decir verdad, hay que ser muy valiente para no bajar los brazos y seguir adelante.


Primeras nociones del ankhrasmation

El carácter radical de Wadada Leo Smith le llevó a crear su propio lenguaje musical, ankhrasmation, un lenguaje algunas de cuyas claves nos desvela aquí:

“Quiero decir, de entrada, que no inventé este lenguaje porque tuviera la sensación de que el resto de lenguajes musicales fueran incapaces de expresar todo cuanto quería. Después de muchos años de reflexión, llegué a la conclusión de que tenía que haber otra manera de codificar el lenguaje de modo que el músico creativo pudiera enfrentarse con éxito al desafío último: reducir el peso de la memoria y, por extensión, reducir la importancia de las repeticiones y garantizar un mayor grado de libertad. Llevo trabajando en este lenguaje más de 30 años. La primera composición en que aparecía lo que luego sería el lenguaje ankhrasmation es “The Bell”, aunque ahí sólo encontramos una parte del lenguaje, las unidades rítmicas, que aparecen al final del tema. Las unidades rítmicas se convirtieron en el primer elemento del lenguaje, y recuerdo que Max Roach dijo que era un inicio estupendo porque sostenía que lo primero que debemos aprender a utilizar es el ritmo. Una vez descubiertas esas unidades rítmicas, había que sistematizarlas, aunque antes tuve que plantearme qué entendía por “ritmo regular”. Un ritmo regular se compone de dos elementos: una pulsación constante y una pulsación inconstante. Cualquiera que sea la combinación de estos dos elementos, el resultado será siempre el mismo. Tras este problema, quedaba el de las proporciones, unas proporciones que no se miden por su valor estrictamente métrico sino por su duración, por el valor temporal que les atribuimos y que es intuitivo. Todo esto me llevó a definir un sistema basado en 6 conjuntos de unidades rítmicas: a la izquierda encontramos la más corta y conforme avanzamos hacia la derecha su duración va creciendo. Cada uno de estos seis conjuntos está formado por dos elementos, uno largo y uno corto. De este modo, el lenguaje se compone solamente de dos valores rítmicos, largo y corto, así que ya no tienes que recordarlos, y a ti te corresponde decidir si vas a tocar un fragmento largo o corto, con lo que la relación viaja constantemente al punto en el que se encuentra la música.


“El segundo elemento de este lenguaje es lo que bauticé como “proporción”. Después de cada fragmento de música, sea largo o corto, hay una silencio que guarda una cierta relación con lo que ha sonado. Esta relación siempre ha existido, pero me atrevería a decir que nadie la plasmó sobre el papel hasta que yo lo hice. Cada uno de estos silencios dura lo mismo que el fragmento al que precede, de modo que después de una sección larga vendrá un silencio largo, y después de una sección corta, un silencio corto. Estos silencios, como sucede con las unidades rítmicas, también van progresando conforme avanzamos por el conjunto de unidades rítmicas, porque cada unidad rítmica no sólo se compone de un momento largo y otro corto, sino también de sus respectivos silencios. Todo esto me permite eliminar por completo el peso de la memoria a la hora de tocar, porque puedo tocar una unidad determinada al principio de un solo, otra en la parte central y acabar con otra distinta y no he de preocuparme por recordar qué he tocado en ningún momento”.

diumenge, 11 / octubre / 2009

Stefano Bollani: la composició com a pretext

(publicat en el número 28 de la revista Jaç)

Serà una de les grans atraccions de la segona temporada ECM Barcelona L’Auditori, en un concert que ens permetrà de veure la faceta que no ens va mostrar el passat mes de febrer en la presentació del darrer treball discogràfic del trompetista Enrico Rava, New York Days (ECM). Stefano Bollani, mà dreta del músic italià, té també una sòlida carrera com a líder que l’ha dut a passejar-se per contextos pràcticament antagònics, com la música orquestral, en el disc Concertone (Label Bleu), o el piano solo, a Solo Piano (ECM), i que el durà a Barcelona per presentar Stone in the Water (ECM), el seu treball al capdavant d’un trio de luxe.


Una de les coses que criden l’atenció en llegir d’altres entrevistes que t’han fet és la presència de dos noms que han marcat la seva carrera. Un és evident, el d’Enrico Rava, però l’altra sobta una mica més. Dius que vas començar en això de la música perquè volies ser com Renato Carosone.

Bé, i abans d’això volia ser com Adriano Celentano. Després va arribar el jazz, i hi vaig arribar gràcies a Charlie Parker, quan tenia 11 anys. He de dir que, deixant de banda una etapa de la meva vida en què vaig tocar molta música pop, el jazz ha estat una referència constant en la meva carrera.


En cert sentit no és estrany trobar en aquesta trajectòria el nom de Carosone perquè representa un tipus d’artista que era molt habitual a Itàlia, un músic que mirava alhora a la seva tradició i a la tradició de la música nord-americana.

És que en aquella música podies trobar-ho tot: hi havia jazz, hi havia música popular, hi havia la tradició de la música napolitana, hi havia melodia, hi havia un cert component d’entertainment... M’atreviria a dir que aquella música contenia tot el que m’agrada tret d’una cosa, que és l’element de la improvisació, i això és precisament el que vaig descobrir tot sentint Charlie Parker. Va ser ell qui va fer que m’interessés per això de la improvisació.


Segurament, el teu disc de piano sol per ECM és un exemple esplèndid d’aquest posicionament, d’aquesta trajectòria a cavall de la música tradicional i la improvisació, perquè hi trobem estàndards del cançoner nord-americà però també música europea, llatinoamericana, italiana...

Sempre he pensat que el més important no era què tocaves, sinó com ho tocaves. Pots fer un ragtime, un tango, un tema de Monk, un bolero... Tant se val. Tot això és només un estímul, són les cançons que t’han de permetre fer altres coses. Totes aquestes peces són un pretext per iniciar un viatge que et pot dur a qualsevol lloc i que, de fet, cada nit et duu a un espai diferent.


En aquesta filosofia musical, i tenint en compte que véns d’una tradició on la melodia té molt de pes, quin dels elements trobes més important? La melodia, l’harmonia o el ritme?

Em resulta molt difícil triar un dels tres. La melodia és molt important, indubtablement. Una melodia ha de ser prou bona perquè no puguis deixar de cantar-la. Però també és cert que toco un element com el piano, que és un element harmònicament molt important i que ha estat emprat també moltes vegades com un instrument més de percussió, rítmic, no només per gent del món del jazz, sinó també de la música clàssica, com Stravinsky o Prokofiev.


La música clàssica és una altra de les grans pedres angulars de la teva carrera, com has demostrat en alguna ocasió...

Sí. A banda del Concertone, he enregistrat música de Poulenc i de Gershwin. Val a dir que la meva relació amb aquesta música ha estat canviant. És la música amb què vaig començar a tocar el piano, però no va ser fins els 17 o 18 anys quan realment em vaig interessar per tots aquests compositors. Ara n’escolto molta. Tot i així, sempre he trobat que el problema de la música clàssica és que tot passa en un ambient extremadament seriós.


I això entra en conflicte amb el sentit de l’humor que amara els teus discos.

És que el sentit de l’humor està en els meus discos perquè forma part de la meva vida. Toquem el que som.


I qui és Stefano Bollani?

És una persona que s’ho passa pipa tocant. Fins ara, no he vist mai això de fer música com si fos una feina, sinó com una diversió, i espero no deixar de sentir mai això.


Stefano Bollani s’ha convertit en un acompanyant quasi inseparable d’Enrico Rava, que un dia li va dir que deixés de fer música pop, però també té la seva pròpia carrera com a líder. Quina diferència hi ha entre el Bollani compositor i el Bollani pianista que toca per a algú altre?

La diferència no existeix només entre el pianista i el compositor, sinó entre el pianista i el Bollani que escriu la música, que l’arranja, que la produeix, que dirigeix.... Aquest segon Bollani aspira a trobar un so original, a sonar d’una manera única, com ho va aconseguir el grup de Mingus o el de Zappa, escriu uns temes complexos... El Bollani pianista, en canvi, prefereix tocar estàndards de jazz, música llatinoamericana o composicions de Rava a les seves pròpies composicions. També té a veure que m’agrada partir d’aquelles composicions que tenen un cert regust antic, perquè això et permet jugar molt més, revisitar-les, mirar de descobrir com sonaria, per exemple, “Cheek to Cheek” en l’any 2009. Si hi ha una cosa que m’agrada de fer música és que em permet viatjar a espais que no he conegut però que em desperten una certa nostàlgia, com el Brasil del naixement de la bossa nova o el París del tombant del segle.

dilluns, 24 / agost / 2009

Gorka Benítez

Gorka Benítez

Bilbao (Fresh Sound)


Gorka Benítez no s’ha cansat mai de repetir que si hi ha una cosa que no l’interessa el més mínim són les etiquetes. I així ho ha demostrat a bastament durant una trajectòria discogràfica que ha anat consolidant tot sent fidel a un principi: editar el que li plau i quan li plau. Enregistrat el 2003, 4 mesos després de l’anterior treball del saxofonista, Sólo la verdad es sexy (Fresh Sound), el nou lliurament de la música del basc, Bilbao, segueix explorant aquest territori sonor tan peculiar que Benítez ha sabut crear a partir d’un desig clar d’obrir les portes a qualsevol vehicle d’expressió, ja sigui la improvisació més arriscada, la melodia amb regust de música tradicional, el beat de regust més pop...

L’aposta en aquesta ocasió torna a ser arriscada, perquè es demarca voluntàriament, com també ho fa el seu nou projecte, que discogràficament parlant veurà la llum aviat, de les formes establertes per aquest gènere musical que anomenem “jazz”. Bilbao comença, com indica el títol del primer tema, d’una manera diferent, suau, pausada, i acaba acostant-se, en un final “diferent”, a sonoritats jazzístiques. Entre un i altre talls, el saxofonista, secundat extraordinàriament per Dani Pérez, Rai Ferrer i David Xirgu, fa una altra declaració musical madura, perquè aquesta és la paraula que més bé pot definir el que Gorka Benítez fa temps que ens ofereix en els seus discos, una declaració sense cap urgència ni per teixir la figura més impossible ni per demostrar que és més ràpid que ningú. I com passa amb qualsevol obra d’art, cada nova audició del disc ens fa veure alguna cosa que ens havia passat inadvertida abans. Gaudiu-ne.

Enrico Rava

(publicat a la revista Jaç)

Un dels propòsits que s’havien marcat els responsables de la temporada ECM L’Auditori Barcelona Series era fer que el cicle de concerts no només acostés a la ciutat comtal músics vinculats al segell, sinó aprofités la implicació d’ECM en la programació per presentar en primícia alguns dels nous projectes de la discogràfica alemanya.

I el temps ha volgut que no haguem d’esperar gaire a gaudir d’una d’aquestes estrenes absolutes, perquè el tercer concert de la temporada portarà a Barcelona el nou projecte del trompetista Enrico Rava, un dels jazzmen europeus amb més trajectòria. Acompanyat per qui s’ha convertit en un dels seus col•laboradors més habituals en els darrers temps, el pianista Stefano Bollani, Rava desembarca a L’Auditori amb el treball New York Days (ECM) sota el braç, un disc que l’ha tornat a dur a l’altra banda de l’Atlàntic després de molts anys. “El cert és que no em vaig plantejar en cap moment el disc com una mena de contraposició entre músics europeus i músics nord-americans, sinó que em venia de gust tocar amb en Mark Turner, perquè em sembla el saxofonista actual més interessant, amb una veu més personal i que ha aconseguit evitar l’herència de Coltrane i Rollins per acostar-se més potser a Warne Marsh”, comenta Rava, que explica, a més, que el projecte se li va acudir durant un viatge a Nova York, a on va anar per donar uns concerts al Birdland a duo, per presentar el disc que havia fet amb Bollani, i a quartet, amb el mateix Bollani, Paul Motian i Larry Grenadier —“Paul Motian és un amic de fa molts anys, a banda d’un músic extraordinari, i Larry Grenadier és el meu contrabaixista predilecte ara mateix de l’escena nord-americana”.
El disc que presentaran a Barcelona, i que combina peces composades pel trompetista amb dos moments d’improvisació lliure, recull les sinergies d’un grapat de músics que, entre ells, han anat coincidint dalt dels escenaris durant tots aquests anys, i que han sabut destacar de la resta de companys d’instrument per diferents qualitats. En aquest sentit, res no és més gràfic que les paraules que Rava dedica a Paul Motian en explicar la participació del baterista en el disc, i que potser podríem aplicar a la resta de músics: “Si crides Paul Motian perquè participi, no vols un baterista, vols Paul Motian, i saps que no li has de dir res, perquè ell ja entendrà què cal fer”. Malauradament, però, Paul Motian no serà a Barcelona, a causa de la seva decisió de no viatjar. Per a Rava, el substitut havia de complir com a mínim un requisit: “Tant se val que el contrabaixista i el baterista siguin excel•lents músics. Si no hi ha química entre ells, la cosa no funcionarà”. Precisament per això, i perquè, juntament amb Turner i Grenadier, forma part del trio Fly, el músic que ocuparà el lloc de Motian al darrere dels plats és un altre baterista personalíssim i amb un concepte instrumental molt més global: Jeff Ballard.
A la baixa de Motian s’ha afegit l’absència inesperada de Mark Turner arran d’un accident domèstic. El substituirà possiblement Chris Cheek, que tindrà, com Ballard, l’enorme responsabilitat d’ocupar el lloc d’un músic enorme, en paraules del mateix Rava.

Thelonious Monk

Laurent de Wilde, Monk. Barcelona: Alba, 2007. Traducció de Victor Obiols i Elena Vilallonga.


Ja fa temps que el món editorial para cada vegada més atenció al terreny del jazz, un cop ha descobert l’existència d’un públic àvid d’aquesta mena d’històries. Com si volguessin seguir posant remei a aquest dèficit, l’editorial Alba ha decidit rescatar la figura d’un dels genis innegables d’aquesta música i que té una presència literària entre nosaltres que no s’adiu gens amb la importància de la seva persona: el pianista Thelonius Monk. L’obra de De Wilde és més un assaig biogràfic —hagiogràfic per moments— que una biografia en sentit estricte, molt en la línia dels textos que, sobre diferents personatges del món de la cultura ha fet un altre francès, Michel Schneider, i és aquesta una característica que dóna a aquest llibret un valor afegit, perquè ens fa més accessible un personatge de qui normalment s’ha projectat una imatge distant, esquerpa, excèntrica i que, com tots els genis, sempre pot donar molt més joc. Construït amb un ritme que fa que la seva lectura sigui, per moments, un exercici autènticament monkià, tant per l’estil com per la represa de temes i les remissions a qüestions fundacionals de tots els relats jazzístics, l’aparició d’aquest llibre contribueix a completar el trencaclosques d’una etapa jazzística que va ser d’una fecunditat meravellosa, una fecunditat en la qual Monk va tenir un rol important i, tanmateix, secundari en aquell moment perquè ja sabem que ningú no és profeta a la seva terra... ni el seu temps, cal afegir.